Ciudadano Iturbidense

Otra mirada a la actualidad de San José Iturbide, Guanajuato.

enero 22, 2007

El peor enemigo del PAN es el PAN

Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
22 de enero de 2007


El enemigo azul

Felipe Calderón, quien enfrenta a varios enemigos políticos, no tiene ante sí a nadie más agresivo y sin escrúpulos que al presidente del PAN

Manuel Espino, el presidente nacional del PAN, es un huracán que arrastra todo a su paso. Este viernes, durante una reunión en México de la Organización Democristiana Americana, de la cual fue ungido recientemente su líder, llevará invitado a Vicente Fox, cuyo gobierno ha generado bastantes lastres colaterales a la administración de Felipe Calderón dentro y fuera del país. A Espino le importa un comino todo esto. Apenas hace unos días, como si el foxismo no fuera un fierro caliente que decididamente Calderón trata de enfriar, incorporó a las élites del partido a tres ex secretarios de Estado, Carlos Abascal, Luis Ernesto Derbez y Pedro Cerisola, en una señal clara que lo que piense el Presidente también le importa un bledo.

Espino se ha convertido en el más aguerrido opositor del presidente Calderón, el más consistente en sus ataques y el más acertado en sus aguijonazos. Si siguieran su ejemplo los partidos que no están en el poder, algo podrían aprender de cómo dañar al Presidente. La ética política no está de su lado; menos aún la disciplina de partido. Sólo muestra su incomodidad porque Calderón le ganó en la contienda presidencial. Espino jugó con Fox y con el candidato de Los Pinos, Santiago Creel, y perdió la candidatura de un PAN. Durante la campaña presidencial trabajó en contra de Calderón, quien se la pasaba tejiendo acuerdos para que Espino llegara por las noches a destejerlos. La contracampaña de Espino le costó cuando menos, de acuerdo con cercanos de Calderón, unos tres puntos en la votación presidencial, que generó la pequeña diferencia ante Andrés Manuel López Obrador y el sustento para que la campaña postelectoral fuera aún más difícil y polarizante. Espino tampoco estuvo ahí para ayudarle. Con todo el Comité Ejecutivo Nacional se fue a España durante más de un mes, justo después del 2 de julio.

El último episodio de Espino tuvo como escenario Yucatán. Su gente de confianza, quien lo presentó y cabildeó por él cuando se lanzó por la presidencia del PAN, Ana Rosa Payán, renunció al partido la semana pasada después de haber perdido el proceso interno para la gubernatura de su estado, y acusó al gobernador Patricio Patrón -cercano de Calderón- de haber manipulado la contienda para imponer a su candidato. Y como se ha vuelto ya norma en la política mexicana donde los perdedores no aceptan la derrota, se fue a buscar la candidatura por otro instituto. Rápidamente, el PRD, en sus conocidas tácticas sin escrúpulos por conquistas electorales, le ofreció la candidatura. Payán no está sola; Espino está con ella. Escatológica forma de hacer política la del presidente del PAN. Como el Presidente no fue de él, le juega las contras, aun si esto significa que haga alianzas con el partido némesis de Calderón, el PRD.

Espino es el enemigo azul. Acecha a Calderón y lo hostiga en forma permanente. Lo reta y desafía frontalmente. "Espino no quiere aceptar que perdió con Calderón", dijo un cercano al Presidente, "que su candidato y el de Fox perdió y que no tiene la Presidencia". La molestia crece dentro del gobierno federal en contra de Espino, quien no las trae del todo consigo. Hasta el momento no le han hecho extrañamiento alguno ni se ha pasado a revisión su paso como dirigente nacional del partido. Las cuentas no son buenas. Más allá de los magros resultados electorales que dio el presidente del PAN, este partido se encuentra, como ninguno otro, en un profundo conflicto interno. No se trata de la pugna por el poder, como sucede en el PRD y el PRI, sino de que sus cuadros por todo el país están mostrando la descomposición que los lleva a matarse unos contra otros o a vivir en los límites del crimen organizado. Espino ha sido incapaz de meter orden a un partido que se le ha venido desbordando.

El último caso de descomposición total se dio en Guerrero, con el asesinato a principio de año del diputado local Jorge Bajos, presumiblemente ejecutado por panistas. Informaciones frescas sobre los posibles motivos del crimen se enfocan a las investigaciones que había iniciado Bajos en contra de panistas guerrerenses por supuestos chantajes y actos de corrupción. En el origen de estos conflictos, sin embargo, está la falta de conducción política de Espino. Bajos nunca fue panista, pero sí hombre muy cercano al actual gobernador Zeferino Torreblanca, quien al no poder meterlo en las listas del PRD como diputado local, lo metió en las del PAN. Al ganar lo hizo presidente de la Comisión de Presupuesto, a fin de manejar los dineros en el Congreso local. Espino dejó pasar esta película en cámara lenta hasta que se convirtió en una justificación para los instintos más bajos.

Espino, que se fue esta semana a Yucatán, no se ha parado en Guerrero. Tampoco se paró en Sinaloa cuando en mayo de 2005 el diputado panista Saúl Rubio fue ejecutado cuando transitaba por la carretera a Guasave. El ex diputado andaba en pasos, cuando menos, cuestionables. Saltó a la fama nacional en 2004 cuando en plena campaña por la gubernatura de Sinaloa acudió al funeral de Miguel Ángel Beltrán, El Ceja Güera, lugarteniente de Joaquín El Chapo Guzmán y uno de los hombres más sanguinarios del cártel de Sinaloa. Espino no dijo nada sobre esa relación extraña de su diputado. En las investigaciones, uno de los declarantes fue el presidente municipal de Sinaloa de Leyva, Wilfredo Veliz, también panista. Espino tampoco dijo nada. El crimen organizado se ha asomado al partido de manera violenta en la gestión de Espino. En noviembre pasado otro diputado panista, David Figueroa, sufrió un atentado en la carretera de Toluca, del cual salió con vida, al igual que su padre, quien meses antes en Agua Prieta, Sonora, de donde el legislador había sido presidente municipal, también sufrió un atentado. Agua Prieta es uno de los campos de batalla de los cárteles de la droga. Espino volvió a callar.

El PAN está dividido y sus facciones luchando agresivamente. El caso más llamativo se dio a principio de año, cuando el Comité Directivo del PAN en Aguascalientes inició un proceso para expulsar del partido a su gobernador, Luis Armando Reynoso, por "violaciones a la doctrina" y los estatutos. Insólito: el PAN queriendo destituir a su gobernador. Lejos de mediar, Espino mandó al secretario de Acción Electoral del partido a señalar que si se comprueban las imputaciones expulsarán a Reynoso. Aguascalientes, Guerrero y Yucatán están en efervescencia política. En el Distrito Federal también hay una competencia fratricida entre dos candidatos a dirigir el partido, un espinista y una calderonista. Son demasiados flancos abiertos en demasiado poco tiempo para el partido en el poder, sobre todo si está claro que es consecuencia de la agresión sistemática del presidente del PAN en contra del Presidente de la República. Pero ya nada es extraño. La política mexicana está hecha de ardidos, no de profesionales.

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diciembre 16, 2006

Calderón, al peor estilo de Salinas

Tomado de El Universal

Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
15 de diciembre de 2006

Maximiliano

La comunicación política es estratégica para todo gobierno que busque el consenso, y es la gran deficiencia de diseño en la Presidencia de Calderón

L a comunicación política lo es todo para los gobiernos modernos. Dick Morris, uno de los principales estrategas de Bill Clinton para llevarlo a la Presidencia y lograr su reelección, y que fue parte importante en la asesoría de Felipe Calderón durante su campaña presidencial, sostiene que "los temas, no su impulso mediático, ni el carácter o el carisma, es lo que hace ganar a los candidatos y lo que los mantiene en el poder". Morris tenía el oído de los colaboradores más cercanos de Calderón, quien inclusive llegó a pensar en importar el modelo de la Casa Blanca en el rediseño institucional de la Presidencia. No pudo llevarlo a cabo por las condiciones en las cuales arribó al poder, y las contradicciones cognitivas en el equipo calderonista los han llevado a un híbrido. La apuesta, al final, no fue por la estrategia de Clinton, sino por la que llevó a cabo Carlos Salinas.

Dieciocho años después de haber llegado Salinas al poder en una situación similar a la de Calderón por cuanto al cuestionamiento de la elección y una inconformidad popular, el presidente entrante abrevó de sus diseños. Formó gabinetes, que tanto le funcionaron al ex presidente, nombró un jefe para coordinar sus trabajos, y centralizó la comunicación política. Nombró a Juan Camilo Mouriño como su José Córdoba, y a Maximiliano Cortázar como su Otto Granados. Mouriño ha venido haciendo un trabajo discreto y eficiente, estableciendo contactos que necesitará más adelante; Cortázar ha venido destrozando toda la cristalería. Si Mouriño llega a alcanzar la sofisticación de Córdoba, se verá por los resultados. Pero por cuanto a Cortázar, encontró su primer diluvio en los zapatos de Granados.

Cortázar es un improvisado para ese puesto. Con una reducida experiencia en el campo, este músico de profesión y vocación entró a las áreas de la comunicación social de la mano del cuñado de Calderón, Juan Ignacio Zavala, y tuvo como tutor a Norberto Tapia, cuando trabajó a sus órdenes en la oficina de prensa de la Presidencia en los tiempos de Alfonso Durazo, durante la administración foxista. Recoge de Granados su soberbia y arrogancia -sin ser cosmopolita como el hidrocálido- pero no la inteligencia. En una reunión con comunicadores gubernamentales poco antes de que Calderón asumiera la Presidencia, no tuvo ningún cuidado para decir, en una primera evaluación sobre la comunicación social, que sólo habían existido dos tipos de comunicadores, los priístas y los corruptos. Para enfatizar su aseveración, utilizó de manera absolutamente arbitraria ejemplos de comunicación social en el estado de México, subrayando que eso era justamente lo que no iban a hacer. A partir de ese momento, anticipó, la comunicación social del gobierno cambiaría. Tenía razón. Como ningún otro comunicador presidencial en los primeros 15 días de gobierno, ya se metió en problemas y no ha podido establecer una política de información incluyente, sino de choque y polarización.

Como lo hizo Granados en su momento, se diseñó una comunicación vertical y centralizada. A diferencia de Granados, que tenía el respeto de todos en el gabinete, Cortázar no pudo colocar a todos los jefes de prensa en el gobierno, cuya ubicación fue resultado de imposiciones en las áreas más débiles, o de cesiones ante las negociaciones bilaterales de los encargados de despacho, o de sugerencias de comunicadores influyentes, como era el viejo estilo. Pero a todos ya los instruyó a tener reuniones con él cada 15 días en Los Pinos, a donde acudirán no a un diálogo, sino a recibir instrucciones sobre el rumbo a seguir. Esta es otra diferencia con Granados, quien operaba más en el ambiente de lluvia de ideas para, pese a tener una idea preconcebida, buscaba llegar a la toma de decisión más consensuada y, por tanto, mejor apoyada.

Cortázar, como en su tiempo Granados, tiene claramente la confianza del Presidente. Pero mientras el salinista usó la boca para suplir la mano dura, el calderonista actúa con la mano dura sobre la persuasión. Granados, que fue secretario particular de don Jesús Reyes Heroles cuando fue secretario de Educación, consejero político en la Embajada de México en Madrid bajo las órdenes de otro viejo sabio, Rodolfo González Guevara, y operador político de Salinas desde la Secretaría de Programación y Presupuesto, pertenecía a esa generación de tecnócratas sofisticados que, a la vez, eran unos déspotas ilustrados. Cortázar se ganó a pulso su puesto tras las largas noches de bohemia en la soledad de la derrota con un Calderón que tiene en la adversidad la característica de su carrera, pero carece de la imaginación creativa que requiere el puesto. Es un operador, pero no un estratega. Ya se está viendo.

Adulador hacia arriba, está chocando con la tropa. Hay un maltrato con periodistas, y algunos de los que están siguiendo las actividades presidenciales se están quejando de una presión de él y de su gente para forzarlos a escribir y difundir las informaciones de acuerdo con lo que en Los Pinos piensan que es importante. La última referencia similar se dio en la presidencia de Miguel de la Madrid, cuando con un espeluznante cinismo subrayaban los boletines de los discursos presidenciales para enfatizar a la prensa cuáles eran los puntos que querían priorizar. Hay otro tipo de acción que está generando conflicto adicional, y es el de regular a quién dan entrevistas de los medios y a quién no. Al igual que hizo Andrés Manuel López Obrador, son beneficiarios de entrevistas sólo aquellos que les representan una posición cómoda y que saben no los importunarán. A quien no, como ya sucedió con José Gutiérrez Vivó durante la campaña y con Carmen Aristegui en las dos últimas semanas, los vetan.

Las reglas cambian, pero no de manera democrática sino con la mejor forma del autoritarismo. No hay cambios en la relación estructural con los medios ni una convención que elimine discrecionalidades. Al contrario, la selección es excluyente. Quieren los temas que propone Morris y la centralización de Granados. La línea a los comunicadores del gobierno es la lógica de Morris, acompañada con la verticalidad de Granados. Pero, vistos los primeros resultados, la línea ha sido caótica y el control de daños inexistente, como se puede apreciar con el escándalo del presupuesto para educación. La verticalidad que quieren imponer tampoco les ha funcionado, porque en lugar de la seducción y la cooptación que se refinó en el salinismo, es el choque y la confrontación la puerta de entrada que ha utilizado Cortázar. Este joven, que lo es biológicamente, es culturalmente viejo. Este ritmo de tensión no puede aguantar mucho. O cambia su actitud política o no tardará en pasarle los costos a Calderón. Y cuando esto suceda, la decisión será en otro nivel. ¿Cuánto les costará Cortázar? Nada. En esos puestos, quien no es funcional, es desechable.

rriva@eluniversal.com.mx

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diciembre 11, 2006

Ataque calderonista a la libertad de expresión, un análisis

Va este artículo tomado de El Universal. Sumamente interesante. Leánlo y analícenlo.

Estrictamente personal
Raymundo Riva Palacio
08 de diciembre de 2006

Barbas mojadas

Un mal arranque, en materia de libertad de prensa, tuvo el gobierno de Felipe Calderón, que bien tendría que aclarar qué piensa de la libertad de prensa

Desde hace algunas semanas circula la versión de que Bernardo Gómez, el poderoso vicepresidente de Televisa, fue destituido porque su sola presencia era un agravio para el presidente Felipe Calderón. Incluso, entre la opinión informada circulaba un diálogo de Calderón y el presidente de la más importante empresa de comunicación en habla hispana, Emilio Azcárraga, en el que supuestamente el Presidente le indicaba que jamás le tomaría una llamada a Gómez, y que la relación sería, cuantas veces quisiera, única y exclusivamente con él. La especie se reavivó esta semana porque, en el cenit de la subjetividad, en las oficinas del audaz vicepresidente de Televisa vieron una mudanza a destino desconocido.

Esa conversación no fue confirmada, sino desmentida por cercanos a Calderón. Sin embargo, la circulación de la versión tuvo sus efectos. Uno de ellos fue el mensaje que altos ejecutivos de Televisa enviaron al equipo de transición de Calderón antes que anunciara su gabinete. Si deseaba nombrar a Javier Lozano, acérrimo crítico de la llamada Ley Televisa, en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, les dijeron, no tendrían problema, lo que contradice las versiones en la industria que Televisa había vetado a Lozano. En realidad, dicen cercanos a Calderón, no fue así. El presidente electo no estaba dispuesto a comer lumbre, y si Lozano tenía como enemigo a Televisa y a otros líderes de la industria de telecomunicaciones, no iniciaría un enfrentamiento por un cargo. Lozano terminó como secretario de Trabajo.

Pero si esa conversación no existió, lo que sí sucedió fue un cambio general en las relaciones institucionales con la empresa. Ni Gómez, que había despachado varios asuntos estratégicos para Televisa desde Los Pinos, ni Azcárraga, ante quien se había arrodillado el ex presidente Vicente Fox, tendrían ese tipo de relación personal con el nuevo Presidente. La nueva, fue el mensaje de Calderón, será institucional. No se trata de que se vaya Gómez de la empresa o de México, que modifiquen la programación o alteren el contenido de sus noticiarios, les hicieron saber personas cercanas al Presidente, sino que la relación a partir de las personas era cosa del pasado.

Si esto no tuviera una correlación con varias acciones que se han venido dando, habría que saludar la medida y congratularnos de ese paso. Sin embargo, las cosas marchan por otro camino. El viernes pasado, por ejemplo, se emplearon las herramientas del viejo sistema político para controlar en la medida máxima de lo posible la transmisión televisiva de la toma de posesión.

Radio, Televisión y Cinematografía, el organismo regulador de medios electrónicos que depende de la Secretaría de Gobernación, transmitió un mensaje ominoso: la empresa televisiva que rompa la cadena nacional del evento correrá el riesgo de que se le revoque su concesión. La cadena nacional pasó ininterrumpida, pese a un par de sucesos que vulneraban por completo el derecho de los ciudadanos a estar informados.

El primero fue que al entrar la cadena nacional se cortó al convoy de prensa que seguía a Calderón, con lo cual se anuló la posibilidad de que informaran los pormenores del todavía presidente electo. La acción fue estratégica, pues el vehículo de Calderón se dirigió a un acceso no vigilado por el PRD en San Lázaro, y entró sin contratiempos por la puerta de atrás, de acuerdo con la estrategia del Estado Mayor Presidencial. El segundo, muy notorio, fue el guión que leyeron a los conductores de la cadena nacional, el cual decía que la ceremonia transcurría con tranquilidad, cuando la realidad era totalmente distinta.

La amenaza pendió sobre los medios televisivos que se tuvieron que someter a la cadena nacional y hacer de lado una cobertura que mantuviera informados a los ciudadanos, que reciben de la televisión más de 90% de su información. ¿Por qué obligar a los medios a una cadena nacional? El resabio es autoritario y contradice por completo el espíritu del libre flujo de información, la libertad de prensa y el derecho al pueblo de estar informado.

Una transmisión televisiva abierta es imposible de acotar. La cadena nacional, para consumo doméstico y, sobre todo, internacional, le sirvió al gobierno entrante para transmitir tomas cerradas, sin abrir cámaras a lo que sucedía en el salón de plenos del Congreso, y eliminar todo sonido que no fuera el del micrófono empleado por Calderón. Como en los regímenes cerrados, la fabricación de una realidad aséptica fue utilizada para mostrar sólo las fortalezas del Presidente entrante, pero no el contexto de las dificultades políticas que en el propio Congreso estallaban.

Ese día no puede llamarse de excepción, por más extraordinarias las condiciones políticas que ahí se expresaron. Dentro del equipo de Calderón hay una línea de pensamiento de dureza hacia los medios de comunicación. ¿Por qué darle publicidad a quienes los golpean? La pregunta ha sido formulada desde el equipo de transición en correlación directa, aunque quizás inopinada, con la lógica del ex presidente José López Portillo cuando en un informe presidencial habló de los espejos de Tezcatlipoca y en otro momento suspendió la publicidad a varios medios con el axioma de "no te pago para que me pegues".

Dentro del equipo de Calderón han evaluado la política de garrote vil del viejo régimen. Es cierto que hay una descomposición en el área de la comunicación política donde los medios han tenido cuota importante de irresponsabilidad, pero retirar la publicidad a medios que no coinciden con su pensamiento o porque hay figuras que los critican es preocupante. El gobierno no es dueño de, sino administrador de los impuestos de los contribuyentes, y si pretende Calderón ser un presidente para todos, mal empezaría dejándose llevar por la lógica de la exclusión que plantean algunos de sus colaboradores.

Urge, sí, cambiar las reglas del juego, pero por la vía moderna no autoritaria. Relación institucional y profesional sí, pero no a costa de amenazas y hostigamiento. Revisar los presupuestos publicitarios del gobierno también, pero eliminando las discrecionalidades que se dieron hasta el sexenio pasado y buscando las fórmulas que, sobre la base de amplitud de cobertura y calidad de mercado, redistribuyan esos gastos. La pluralidad de la sociedad también está expresada en los medios. No pueden castigar de manera arbitraria a quien refleje a la oposición. Pero también sería injusto para todos que se siguiera apoyando con recursos públicos a medios sin representatividad como en el pasado, a cambio de favores coyunturales o que les sirvan como francotiradores a modo de sus enemigos del momento. Bienvenida la época de las relaciones institucionales, pero que no esté coartada con el amago, la hostilidad y la censura de prensa.

rriva@eluniversal.com.mx

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